La fuerza tiene el ímpetu de un millón de decibelios.
Escuché sonidos desconocidos para mi, y evocadores para quien vive el momento conmigo. Sonidos misteriosos por los que me perdí, o quizá eran melodías que me hacían comprender.
Confesé los pecados que cometí cuando no existía ni culpa ni consecuencia.
Miraba todo, preguntándome qué es lo que le veía. Qué es lo que me negaba a ver.
Golpeé orgullos con palabras hirientes, caricias reconfortantes y giros imprevistos.
Rocé mi cuerpo desnudo acelerando corazón y sexo. Corriendo hacia el orgasmo satisfecho y el morbo insaciable.
Seguía escuchando música. Notas encadenadas que me dotaban del sentido que perdí hace ya demasiado tiempo.
Susurraba entre acordes mi perversión favorita, aquella que me acompaña en las noches de sueños lúbricos. Dejé guiar mi mano sobre las líneas de mi cuerpo para hacerla realidad, oculta a los ataques de nostalgia y arrepentimiento.
Bramaron los altavoces hasta que las paredes se derrumbaban de puro gozo. Vibraron las cuerdas eléctricas y sus lamentos iluminaron las desiertas avenidas.
Amé tanto como odié. Y aborrecí tanto como deseé.
Dejé que fuera la música quien acabara por escucharme, poseída por su potencia, embrujada por su incomprensible magia.
Permití que las palabras largo tiempo esperadas brotaran de los labios del otro.
Cerré los ojos para poder percibir los destellos del sueño. Del latido inagotable del tiempo de vida, del tiempo de placer.
Di rienda suelta a los deseos olvidados por el convencionalismo y la tristeza. Sonreí cómplice en la mórbida labor de la carne.Me alimenté de la dulzura del oponente y aliado. Se erizaron las pieles por la voz cantante que brotaba de la máquina.Y su sonido fue mi voz.

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