Masturbación
Me acaricio con las manos y siento el calor latente. Rozo la superficie de mi piel, con la tranquilidad del vaivén próximo. Con la certeza de esa excitación progresiva que tu recuerdo y mi imaginación hará posible.
No hay límites mientras la sangre corre enloquecida hacia mi sexo, la distancia entre el deseo y algunos cuerpos es tan sólo infinita.
No hay límites ante el poder sublimador de cualquier masturbación.
De repente, mi cuerpo ya no es lo que acaricio, sino tu recuerdo, añorándote en la distancia, deseándote como nunca deseé a nadie.
De repente, vuelvo a experimentar el extraño cosquilleo en la base del estómago, siguiendo tus pasos a lo largo de un pasillo flanqueado por innumerables puertas cerradas.
De repente, no hay ni realidad ni ficción, sino impulso, latido y placer
Por suerte dispongo de otros sentidos.
Soy sucia y tuya. Soy impulsiva e irracional. Soy el sexo que mece mi mano, dispuesto a emanar sumisión, frases cortas y alaridos de placer.
Por eso me masturbo una vez, y otra, y otra más y adecúo el ritmo a la música de los gemidos. Lamo mis dedos, anhelantes de mejores superficies para su sentir. Cierro los ojos, abro la boca y disfruto de mis deseos
La certeza de ese éxtasis húmedo que acabará por empapar tu recuerdo y mi entrepierna, es ahora el sentido de toda una vida... o de toda una noche.

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